Ajedrez en familia: un cumpleaños para recordar

ajedrez en familia un cumpleanos para recordar 5

La puerta de madera se abre con un suave crujido seguido de un leve chirrido. Inmaculada entra con su hija pequeña de la mano y una tarta en una caja blanca. Desde el salón, Francisco y sus hijos Pedro y Manuel las esperan con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo contenido. Es el cumpleaños de Inmaculada, y la familia ha preparado una bienvenida especial.

No hay globos ni pancartas. Solo miradas cálidas, una sonrisa anticipada y una mesa lista para compartir. Entran la madre y la hija, entra la luz de la puerta abierta, y con ella, la escena se llena de una emoción sencilla y genuina. Enseguida llegan los abrazos, las risas y los primeros «felicidades».

La reunión se traslada a la mesa baja del salón. Hay café, pastel, tazas de colores y varios paquetes envueltos con esmero. Antes de abrir los regalos, hay un momento para lo esencial: soplar la vela del pastel. Todos cantan el cumpleaños feliz. Jara aplaude emocionada, Pedro bromea sobre el deseo secreto de su madre y Manuel insiste en repetir la canción. La vela se apaga entre sonrisas y un fuerte aplauso. Es un instante pequeño, pero lleno de simbolismo.

Inmaculada abre uno de los regalos: un libro de ajedrez para seguir practicando, y otro de una autora que le gusta. Luego otro: un pijama cómodo para las noches de lectura. El tercero contiene un tablero de ajedrez enrollable con piezas resistentes, guardado en una bolsa de transporte. Francisco la mira con complicidad: ese regalo tenía un significado especial.

El ajedrez no es solo un juego en esta casa. Es un hilo que une generaciones y tiempos. Mientras se reparten los regalos, los niños no pierden detalle. Se suceden los comentarios, las bromas, el juego. Jara, la pequeña de seis años, está exultante. «Lo que más me gusta es jugar al ajedrez aquí, con todos», dice. Sus hermanos mayores, Pedro y Manuel, le enseñan mientras juegan. Se nota que está orgullosa, que se siente parte de algo importante.

Todo comenzó tiempo atrás. Inmaculada recordaba sus partidas de niña con una amiga del colegio, pero fue Pedro quien reactivó el ajedrez en la familia tras aprender en un campamento de verano. Luego se sumó Manuel. Ambos aprendieron con Juan José Troyano, referente local en Santa Marta, a quien se dedica un memorial anual. Cuando en casa ya se respiraba ajedrez, Francisco, profesor de matemáticas, se sintió llamado por la lógica y la belleza del juego. «Es un descubrimiento para todos. Nos ayuda a estar centrados, y sobre todo, a estar juntos», comenta. Jara fue la última en unirse, y ahora es quien más sonríe cuando una partida comienza.

La mesa se despeja, se despliega el tablero. Padres contra hijos. No importa el resultado. Lo valioso es el tiempo compartido, la conversación espontánea entre jugadas y la sensación de estar plenamente presentes. Las piezas se mueven con cuidado, entre sonrisas y pequeñas estrategias puestas en común. Cada jugada es una excusa para hablar, para mirar al otro a los ojos, para aprender juntos.

Tras la partida, les preguntamos por esas fotos tan bonitas en blanco y negro, donde aparecen los tres hijos frente al tablero. Inmaculada, emocionada, nos cuenta que a su madre le encantan esos retratos por la expresividad de las miradas y la estética tan cuidada. Ella misma, aficionada a otros deportes, confiesa que el ajedrez le aporta algo distinto: «Durante el tiempo que juego, me concentro tanto que me olvido de todo. Es como si la mente se relajara, y desaparecieran las preocupaciones del trabajo». Ser médico de familia implica mucha carga emocional. El ajedrez, en cambio, le da tregua.

ajedrez en familia un cumpleanos para recordar 13

Cada uno, a su forma, ha encontrado una manera de disfrutar del juego. Pero no solo comparten tablero. Se les ve dinámicos, curiosos, con una clara pasión por la naturaleza y los paseos al aire libre. Y en un día tan especial, ¿por qué no combinar ambas pasiones?

Sin mucho más que pensar, se ponen en marcha. Preparan el set de ajedrez de viaje, una cámara de fotos y algunas meriendas. Van rumbo a un paraje muy especial, al que Francisco e Inmaculada ya subían de niños y que ahora disfrutan con sus hijos. El camino está flanqueado por vegetación exuberante, en pleno esplendor primaveral. Manuel, el hijo mediano, invita a unas amigas y todos comparten la caminata con entusiasmo.

ajedrez en familia un cumpleanos para recordar 6

La ruta hasta el risco es tranquila, salpicada de conversaciones espontáneas, alguna canción improvisada y muchas risas. Se turnan para llevar la bolsa del ajedrez y, de vez en cuando, alguien se detiene para tomar una foto o contemplar unas preciosas orquídeas que solo crecen en ese lugar. A medida que suben, el cielo va tiñéndose de tonos dorados.

Al llegar al risco, el lugar parece ideal. Hay silencio, luz, amplitud. Abren la bolsa, desenrollan el tablero, y colocan las piezas sobre una roca plana. Mientras Francisco e Inmaculada juegan una partida al atardecer, los niños y sus amigas corretean por los alrededores, se asoman al paisaje, descubren formas en las nubes, hacen fotos y comentan jugadas.

El sol comienza a descender lentamente. La atmósfera se torna cálida, casi cinematográfica. La brisa es suave, las sombras alargadas. Alguien propone: «¡Vamos a hacernos una foto!». Se agrupan, se miran, se ríen. La cámara captura ese instante que, aunque breve, contiene todo: la complicidad, la belleza del entorno, el sentido profundo de compartir.

El día ha sido redondo. Un cumpleaños convertido en experiencia. Una familia que no solo celebra, sino que construye memoria. Un tablero de ajedrez como excusa para detener el tiempo y estar presente. Porque al final, lo que permanece no es solo la partida, sino todo lo que ocurre entre movimiento y movimiento.

Publicaciones que te pueden gustar